Cae la noche, el cordero es acechado y compelido. Las horas marginan los deseos, los minutos son hierba que no encuentra. No hay abrevaderos en su entorno que hagan presagiar mejor fortuna, el animal recorre con la mirada el devenir que le espera en el sendero. Camina, trota en el silencio, siente frío, y se detiene a pensar el corderito… El corazón, en tan arduo recorrido, late porque no encuentra destino, y sufre esperando un balido que le anime. En la noche cerrada el silencio es tan amargo que se oye. El murmullo se apagará hasta que sólo queden rescoldos de aquellos fuegos en la lumbre. El cordero, desvaído, sin fuerzas, se acostará al abrigo de una cuneta y dormirá. Qué suerte dormir. Pero, mientras los ciudadanos, como corderos, duermen hay chacales que funcionan en la noche… y desaparecen cosas… en la ciudad había un parque, en el parque había una reja, la reja desapareció… ¿Dónde está la reja, matarile-rile-rile? ¿Dónde está la reja, matarile-rile-ron? Alguien la vio en Sevilla, matarile-rile-rile, en una importante villa, matarile-rile-ron.En la ciudad había una plaza de toros, en la plaza había unas tejas, las tejas desaparecieron… ¿Dónde están las tejas, matarile-rile-rile? ¿Dónde están las tejas, matarile-rile-ron? Adornan un chalet viejo, matarile-rile-rile, el del indio Piedralejo, matarile-rile-ron, chin-pom. Y es que aprovecharse del cordero es lo más sencillo del mundo, y más cuando hablamos de indios, en conjunción con Juanito, el radiofonista bizco del gorro verde, que son los que manejan a la Imputada que, al fin y al cabo, la pobrecita no sabe ni dónde tiene la peluca. Lo que ocurre es que, a menudo, no miramos lo que, a priori, no se ve. Que los hay muy bien escondidos, como el “Encerado”, tan colega del Manitú, que comparten marmita, lecho y agujero, si fuese necesario.
A todo esto, mi buen amigo, el Chatarra, continúa encerrado en la idea de realizar la oda completa a Juanito, el radiofonista bizco, bajo el ya famoso título de: EL DEL GORRO VERDE. TRAGEDIA CONTEMPORÁNEA DE UN SOBERANO IMBÉCIL. Capítulo cuarto. Tras los casos “Pajarita de Papel”, las “Pieles Impagadas” y los “malogrados jamones” nuestro protagonista mindango y mindundi mochales se hizo muy amigo de un ETARRA que, posteriormente, se hizo muy famoso por secuestrar a un pobre hombre al que tuvo casi una eternidad encerrado en un zulo. Y es que Juanito es así, un hombre de mundo, amigo de aquellos a los que no quiere nadie, como ocurre con él mismo, un personaje que no parece haber venido al mundo de las entrañas de una mujer sino, más bien, de las heces del diablo.
El caso es que, mientras hacía amistades de las que le van como anillo al dedo, Juanito ideó un nuevo sistema de hacer dinero fácil. Como ya le iba cogiendo gusto al tema de la alimentación, pensó en frutos secos, pensó en pistachos. Y es que, aunque pueda parecer de chiste, el torpe modrego, modorro y mojarra del gorro verde tuvo acceso a un cargamento de pistachos de importación ilegal que se agenció inmediatamente y alojó en una de las naves que sus amigos poderosos le confiaban para su explotación. Se buscó algunos socios para distribuir la mercancía porque, en lo tocante al tráfico de sustancias, ya fuera alucinógena o pistachil, Juanito se codeaba con la flor y nata del sector.
La distribución de pistachos iba viento en popa. Esta vez no había distribuidores a los que hacerle la cama y todas las ganancias eran a repartir. Pero un buen día Juanito se hizo el mojigato, además de monstruo de momia y morcón, porque uno de sus contactos le dijo que la poli se había enterado de un mal rollo entre alcornoques, almendras y pistachos y que se preparaba una redada de narices. Como es normal, en un valiente como Juanito, escurrió el bulto tan pronto como pudo para que la basura no le salpicase sin avisar, lógicamente, a sus insensatos socios. Y es que Juanito, como buen morlaco con más morro que cabello y menos cabello que bizquera, no podía permitir que el asunto se le fuera de las manos como con los jamones. Así es que pillaron a la red, excepto a él, que seguía viéndose favorecido por la suerte del moscardón, que no deja de ser mosca ruidosa y gorda, además de bizca, calva y con gorro verde. Se cuenta que Juanito fue a chirona a visitar a uno de sus socios del pistacho para decirle que se iba a liar con la mujer del reo sólo por el placer de verle sufrir… quién diría que, con el tiempo, el perro ladrador se vería con medio escroto y tocándose el vacío que antaño estuvo lleno, ejerciendo de moscón de recauchutadas infelices y siempre de mostrenco inútil.
Pronto le daría por la política, como a muchos que no saben hacer la “O” con un canuto. Pero esto formará parte de otro capítulo.
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