La espiga ya va teniendo forma de espiga. Espera la primavera para ser cubierta con su manto junto al árbol, con la flor roja brillando y anunciando la alegría, la llegada de buenas nuevas. Luego se formará en grano, sintiendo en las entrañas la llegada del posterior estío. Seguirá esbelta y con el aire meciéndola en su campo, orgullosa de entregar la semilla multiplicada. Se mecerá con sencillez, gracias a las olas del viento, contenta, alegre, risueña… la espiga se moverá. No ocurre siempre así. Sólo las espigas más limpias y puras reaccionan de esta forma. Porque luego están las malas hierbas que quieren aparentar ser espigas y no dan más que para cardo borriquero. Hay muchos ejemplos al caso: el Cimitarra, arengando a cuatro niños, garantizándoles la tierra prometida, ejerciendo de enviado mesiánico, correveidile y cotilla, sin más religión que la de su propio bolsillo. La señora Pobreza y sus afirmaciones de pamplina ignorante, cotorra crápula, amante de la Navidad, de sus reuniones ligeritas con amigos, cuadrúpedos y cretinos estereotipados, chapados y chaperos con los morros tan inflamados como los de ella, tan plastificados como su cerebro. Y más, y más, y más… mucho más.Por su parte mi amigo, el Chatarra, me habla de un nuevo proyecto, un cuento que ha comenzado a escribir con la inestimable colaboración de una buena amiga, una señora capacitada para alimentar su mente de loco sin solución. Se trata de la historia de una muchacha con todos los ingredientes para dedicarse a la política: inútil de cartel, con un absoluto desconocimiento de la vida, de los seres humanos, de trabajadores y sus nóminas (concepto éste que le sonaba a ciencia ficción). Había ejercido en un puesto público, en la presidencia de la “defensa de la mujer esquimal” durante un tiempo, lo suficiente como para gastarse una pasta gansa de los contribuyentes y ganarse alguna que otra imputación. Desde ese momento, colocó a su mamá en una lista que ella misma encabezaba. Y es que no hay nadie como mamá. Su mamá le mima. Su mamá le ama. Su mamá había ejercido durante demasiado tiempo almacenando productos turcos y marroquíes, para ofrecerle a su hijita un futuro digno… la verdad es que, como cuento, no está mal, pero seguro que el Juntaletras le da el toque necesario para hacerlo digerible.
Y es que ahora, más que nunca, nos hacen falta historias. Ahora, que el sinvergüenza del Chatarra ha descubierto que Juanito, el radiofonista bizco del gorro verde, servidor de la Imputada y sus huestes de cuentistas y currutacos no tiene un nombre, sino un acrónimo. El Juntaletras me lo ha explicado fácilmente: “Jota”, de jeta, de Judas y jumento. “U”, de ufanero y uñilargo. “A”, de adefesio, alcornoque y analfabeto. “Ene”, de Nerón, necio y novillo. “I”, de inútil, inepto e infeliz. “Te”, de tagarote, tarambana, tarugo y tonto que asó la manteca. Y “O”, de onagro, orate y ordinario. ¿No es estupendo? Es cierto que, como acrónimo, da para mucho, y mucho es poco para tanto como aglutina este desastre descerebrado, que se aplaude en su desgracia humana mientras defeca; que, mientras ejerce de déspota deslenguado ante su micrófono robado, simulando ser santanderino cazallero con frases del estilo de: “La lluvia en Schevilla esch una pura maravilla… sche lo digo yo, que schiempre digo la verdad”, se toca, bajo la mesa, buscando realidades donde ya no quedan ni sueños… buscando sueños donde sólo hay lugar para pesadillas… buscando algo en una bolsa vacía… buscando tsunamis donde sólo queda un charquito…
Ocurre invariablemente entre quienes no tienen otra cosa salvo adornos en su testa: Ni masa gris, ni ideas constructivas, ni neuronas en reproducción. No más que tocados, horquillas, diademas, un par de astas retorcidas o, simplemente, un enorme gorro verde.
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