sábado 19 de febrero de 2011

LA GUERRA DE LOS CARTELES

Ya se llega a la era. Se desatan los fajos y se hacinan a la vuelta de la siega. Se preparan orcas y rastrillos. Se engancha la yunta con mulas tordas y pardas con la iluminada esbeltez de la esperanza. Da comienzo la danza antigua, al son de campanillas, desgranando con almohadillas de ilusiones el regreso de la palabra. Pero lo hace en un escándalo de tiras y aflojas. Lo hace en batalla campal, en la denominada guerra de carteles.
El Chatarra me lo ha contado entre risotadas histéricas. Por lo visto todo comienza a desmoronarse inexorablemente para la Imputada. Una chica bajita, morena, de cabellos recortados, juega con listados numerados en código casi binario de no sé cuál congreso federalista y facilita la información donde no debe. Y es que se sabe que tiene amigos, y esos amigos también tienen otro tanto, y el tema corre que vuela de mesa en mesa. Es lo que ocurre cuando se confeccionan listados sin tino. Es lo que pasa entre ganforros, gañanes y garduños. Es lo que sucede cuando se le deja al Cimitarra decir más de dos tonterías seguidas, porque coge confianza y carrerilla de forma tan desproporcionada que acaba realizando un estudio exhaustivo sobre la cría de la pulga ibérica en la bragueta escurrida de Juanito, el radiofonista bizco del gorro verde. Es lo que acontece cuando la Imputada se acompaña de otros imputados en su competición privada delictiva.
En todo este trasiego informativo desatado, de una granja desmantelada que no llega a los doscientos pollos, toca poner carteles. Carteles chachi-chuli-tope-guay con cara de “yo no fui” (como de costumbre) de quien siempre fue, con rostro de inocencia de quien no sabe dejar de ser culpable. Pero claro, desatados los que de verdad servían, los que realmente tenían cosas que aportar, despreciados quienes mantenían conocimiento, aptitud y actitud, expulsados los que sí sabían lo que se hacían, se hacen libres, se hacen fuertes, se convierten en guerrilla dispuesta a provocar más de una indisposición a los que se la jugaron… así que quitan los carteles. Ella los pone aquí y ellos los arrancan. Aparecen a las nueve, desaparecen a las once. ¿Será cosa de magia? ¿Serán fantasmas, ovnis, agujeros negros, triángulo de las Bermudas o monstruo del lago Ness?... pues no… se trata de granos, sí señor. Granos en la nalga de la imputada. Dolores de cabeza, infartos de miocardio, diarrea cerebral salpicando alvéolos descoyuntados, infección genital, olor nauseabundo de pies y manos y cerilla en las orejas. ¡Qué penita da comprobar que no se puede sacar agua potable de un pozo negro! ¡Qué lastimita de niña, que coleccionaba imputaciones, insultos y despropósitos para acabar por verse recompensada con semejante desastre de gestión! ¡Qué irritante desidia provoca semejante personaje entre quienes se sientan a observar una función que no puede acabar bien!
¿Qué pasa entonces? Un caos. Un desbarajuste. Una consecución de gaznápiros observando boquiabiertos. La Imputada tiene que pasar a la acción así que lo hace como mejor sabe (que es como peor sabe cualquier otra persona), así que le da por buscar edificios (lo cual indica que está muy perdida) y azulejos, también busca azulejos… nadie sabe qué querrá alicatar y tampoco le interesa a nadie. Sus bocazas comprados también cumplen las órdenes, por supuesto. Así que llega el Falete Troll, ese escribiente sin vocación cultural de un periodicucho que no lee nadie (ni el jefe, ni el dueño, ni jardinero, ni la madre que lo parió), ese gomoso, pisaverde, petimetre, currutaco, lechuguino y holgazán que se atreve a hablar de lo que desconoce con el mismo descaro con que se hurga la nariz en público o descuelga su maxilar inferior, plagiando así el rostro de algún animal prehistórico y la capacidad intelectual de un ladrillo. Pues el tipejo regurgita palabras ininteligibles acusando a otros de lo que él quisiera hacer… pobrecito Troll… si él no sabe… si es muy chico, el niño… si no da más que para decir “ajjjjo”, “agu” y cosas así…
Entonces entra en escena Juanito. Éste sí que sabe. Por algo es famoso. Por algo es radiofonista bizco. Por algo tiene sobre ese bulto que parece una cabeza su gran gorro verde. Por algo es golfo, vagabundo y maleante por antonomasia. Por algo es gorrón, granuja, tosco y guiñapo antes que radiofonista. Así que, ante el fracaso para sus propios intereses que se avecina, ante el pánico que le provoca todo lo que puede salir a la luz sin nadie que le proteja, ante el temor de que puedan ejecutarse ciertas sentencias, ante el susto de verse rodeado por tantas personas honradas que le esperan ver caer, decide actuar también: Agarra su gorro verde, su bufanda roja, su panza desgarbilada, su andar tocho, estólido y gurdo, su calva salpicada de gurrumino, el testículo que le queda, el micrófono afanado y dice aquello de: “Nosch vamosch a tomá una scherveschita a Schevilla… o a Pernambuco… quién schabe… pero vamo a tené que schalí corriendo…” Y es que, en esta guerra de carteles, miserables y hampones siempre habla un buey y acaba por decir “mú”.