Al fin se abren los ojos, buscando en la lejanía esa sombra que, gota a gota, nos envuelve el cuerpo. En estos días de lluvia no se podía pedir menos. Quizá la veríamos bailando con el viento, acariciando la tierra con manos húmedas, lavando las huellas que cubren el vientre fecundo de la vida. Quizá podríamos haberlo oído en el eco de noches insomnes, golpeando nuestro pecho en monótonos acordes, despejando las nubes grises que nos vagan errantes por las pupilas. Hasta que, por último, ocurrió. Juanito, el famoso radiofonista bizco del gorro verde, acabó por nombrar a mi buen amigo, el Chatarra. Hay que reconocer que, para él, ha sido un gran éxito. Descontado el futuro en su Radio Cachón Libre, esperaba con ansia que el orondo boquirroto y boquirrubio se dejara caer y lo acabó consiguiendo. Andaba en una de sus arengas analfabetas, rodeado de bordionas, borregos, borricos y botarates como, por ejemplo, Doña Pobreza, señora de morritos de Viñalar. La lástima es que no entraron los demás al juego. Y es que Juanito, que como bravucón no tiene precio y como bribón es incomparable, parece no soportar los breves éxitos del Juntaletras.En semejante reunión de espantapájaros se encontraba un bultuntún, un cabestro irreflexivo, último espécimen de cachivache político que no es otro sino el Cimitarra. Mi amigo el Chatarra me ha dicho que éste tipejo llama a los oyentes “escuchantes” que resulta ser el mismito término que utiliza una famosa sexóloga en una radio autonómica. Lo cual lleva al Juntaletras a unas conclusiones tajantes, a saber: El Cimitarra oye habitualmente un programa radiofónico de sexo, ergo el Cimitarra, además de un cachondo mental, es un experto conocedor de la materia; ergo, el Cimitarra ejerce, en la actualidad, de orientador onanista para Juanito, el radiofonista cafre, viejo y bizco del gorro verde. Es él, y no otro, quien le aconseja cómo tocarse. Él le explica que, durmiéndose la mano izquierda al sentarse un rato sobre ella, hace que parezca que es otro el que le toca y no él mismo. Él le indica con qué frecuencia debe masajearse el medio-escroto y esas cosas. Si ya se lo decía aquél sacerdote “arcángel” al radiofonista siendo niño: “¡Juanito, Juanito!… ¿quieres estarte quieto, Juanito?
Déjalo ya, chiquillo, que te quedarás tontito
¡Deja ya de tocarte el pito, Juanito!...”
¡Qué tiempos aquellos! Tiempos en los que Juanito desoía al cura, desoía las amenazas naturales y las divinas, importándole una gaita el fuego eterno y la ceguera, dominado por aquel juego permanente de muñeca que, posteriormente, le llevaría a ser campeón de futbolín en un par de ocasiones. Más tarde se obcecaría con términos absurdos como, por ejemplo, la palabra “palangana”, que le hacía recordar el artilugio que utilizaban las cantoneras para lavarse los bajos tras usar alguna de las camas de los ancianos que esta cagarruta de personaje alquilaba cada noche.
Luego nos asombraremos de lo que tenga que venir. Nos podemos sorprender cuando se abre la flor de una figura hermosa en pétalos de sal encadenada, en lágrimas destrozadas volcando el dolor en la caída. Nos llegará a asombrar la llegada extraña, sombría y densa de la niebla para abrazar el infecto y sucio asfalto. La canción leve de la vida, sinfonía de agua clara y cristalina, voz que se eleva en la belleza de sus alas invisibles y gráciles que acarician la piel con sus latidos. Nos podrá impresionar esa danza, envolviéndonos en su sombra, de mares de plenilunio, pero si la Imputada, con su concatenación de frases pueriles y sin sentido, de acusaciones que no quedan en nada y lamentos inscritos en listados de calamitosas calaveras y callacueces, acaba por “colocar” a Juanito, el camaleón, camandulero y bizco radiofonista del gorro verde y bufanda roja, en un puestecito que nos martirice por siempre, eso no nos debe sorprender, porque es su hombre de confianza en las ondas, su pregonero canalla y campanero, abusador, maltratador y sisador por igual. No, eso no nos debería sorprender. Pero, asustarnos, lo que es asustarnos, es para meternos una jindama de aupa.
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